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Lic. Agustín Ravanetti, profesor en la Tecnicatura Superior en Marketing

La incertidumbre que nos ofrece el contexto actual, en el plano doméstico e internacional, como consecuencia de la expansión del COVID-19, nos lleva a atravesar por un laberinto en el que se presentan una multiplicidad de sensaciones que atraviesan nuestra mente, día a día, desde iniciado el período de esta “nueva normalidad”.

A partir de esta pandemia, la cual ha producido todo tipo de rupturas en cuanto a nuestros hábitos cotidianos, emergen nuestras emociones potenciadas y exacerbadas. Pero esta sensación de interminable inestabilidad en todos los planos de nuestra vida, abre un espacio más que propicio para trabajar en mejorar nuestra relación con las fechas límites (deadlines) y con el hecho de dejar de procrastinar (entendida ésta como una práctica habitual en la mayor parte de la sociedad, vinculada a posponer o postergar aquellas situaciones que deben atenderse). Un clásico ejemplo, puede ser el inicio de nuestras siempre postergables dietas. 

En este plano se nos abre una oportunidad muy interesante, que nos puede motivar a concretar aquello que tal vez hemos dilatado o que no conocíamos y que nos puede brindar nuevas perspectivas, en el ámbito individual, profesional, artístico, empresarial, entre otros aspectos. Consiste en la posibilidad de construir o perfeccionar nuestra propia marca personal, nuestro marketing personal. 

¿En qué consiste la creación de una marca personal? Alejandro Melamed, en “Diseña Tu Cambio” (2019), nos trae a colación, el concepto esgrimido por Tom Peters, hace más de cuarenta años, en su artículo “The Brand Called You” (una marca llamada tú). Peters plantea ue, “una marca es algo intangible, pero que tiene mucho valor, es una promesa, la expectativa que generamos en los otros, el posicionamiento, el lugar por ocupar en la percepción del otro, el lugar pretendido, proyectado al que aspiramos”.

Por su parte, Isela Costantini, la ex CEO de General Motors, nos impulsa en su libro “Un Líder en Vos” (2017), a que nos “veamos como un producto cuyas cualidades se pueden sintetizar en una frase corta y fuerte, que nos ayuda a ser reconocidos antes de ofrecer nuestras credenciales. Esa es la mejor carta de presentación que tenemos”. 

En el mismo sentido, Melamed, en la obra citada anteriormente, nos propone una serie de preguntas orientadoras en nuestro proceso de construcción: 

“¿Cómo nos perciben en general? ¿Quiénes nos interesa que nos perciban y de qué manera? ¿Qué beneficios les podremos brindar? ¿Cómo es la experiencia de relacionarse con nosotros? ¿Qué fortalezas nos reconocemos? ¿Qué debilidades? ¿Qué estamos haciendo por nuestra marca? ¿Qué visibilidad estamos logrando? ¿Cuáles son nuestras estrategias de comunicación? ¿Cómo medimos nuestro impacto?”.

Además de responder estas preguntas trascendentales, tenemos que tener presente varios aspectos que, por sencillos que nos puedan parecer, resultarán esenciales en el armado de nuestra marca. Y aunque resulte casi una obviedad, la consistencia de nuestra imagen entre lo que somos y lo que vendemos debe presentar cierto nivel de coherencia. 

La construcción de nuestra imagen debe hacernos sentir cómodos, pues, de lo contrario, estaremos siendo reconocidos con atributos que no responderán a nuestras propias expectativas. Un ejemplo claro, es el hecho de que nos puedan llegar a identificar como personas con capacidades de liderar un equipo de trabajo, cuando en verdad nuestra personalidad es más bien introvertida y con cierto nivel de timidez. 

Por ello, retomando la idea de mejorar nuestra relación con las fechas límites, considero que este es el momento oportuno para iniciar la construcción de nuestra marca, perfeccionarla (si ya iniciamos dicho proceso), de retomar aquellos proyectos que quedaron truncos (pero que tan feliz nos hacía llevar adelante) o de complementarnos en el plano educativo, máxime teniendo presente que gran parte de la vigencia de los conocimientos adquiridos, hasta la actualidad, tienen fecha de vencimiento, en virtud de la aceleración de los cambios en nuestra sociedad.

En conclusión, una marca exige esfuerzo, creatividad, perseverancia, consistencia y coherencia en su trayectoria. El camino no es para nada sencillo, pero sí puede ser altamente gratificante. Nelson Mandela, supo definir con la claridad y sencillez que solo los grandes líderes suelen tener como marca personal: “Todos pueden superar sus circunstancias y alcanzar el éxito si tienen dedicación y pasión por lo que hacen”.

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Por Tomás Orellana, estudiante de la Tecnicatura Superior en Traducción de Inglés

¿Alguna vez se han preguntado cómo hubiera sido nuestra vida cotidiana si no existieran los traductores?

Parece ser algo que pasa casi inadvertido por nuestro pensamiento diario, pero, ¿se acuerdan de los libros de texto en nuestros primeros años de escuela? Esos mismos libros que nos ayudaron a conocer a «Caperucita Roja» o a «Pinocho», personajes que hoy son habituales en todas las culturas, y que transmitieron la enseñanza más primaria de los valores morales para niños. ¿Cómo hubiera sido nuestra adolescencia sin ser aterrorizados por Gauss y Ruffini? ¿Cómo llegamos a conocer estos nombres del otro lado del planeta, y cómo sus teorías matemáticas llegaron a ser dictadas en nuestra lengua materna? ¿Se imaginan tener memorias de las canciones de Disney cantadas en inglés y sin equivalencia alguna? Todo hubiera sido muy distinto, tal vez más fácil, tal vez más difícil, pero no sería como lo conocemos hoy.

Contar con el aporte a la comunidad por parte de los traductores fue una herramienta útil y una piedra angular para unir, transmitir y conservar mensajes, ideologías y hasta credos entre países. 

El punto de inflexión en la línea histórica fue la traducción de la Biblia en manos del traductor Jerónimo de Estridón, cuya labor se basó en traducir las Sagradas Escrituras del griego y del hebreo al latín, y así mantener viva y expandir la religión católica más allá de sus confines en ese momento.  El traductor ha tenido la gran labor de transmitir mensajes de la manera más concisa y específica de un idioma a otro y, gracias a esto, hoy contamos con todo lo que pudimos y podemos absorber de otras culturas que no comparten nuestra lengua. Sin el apoyo de un traductor para traducir libros de estudio, novelas o instructivos, hoy no tendríamos músicos, poetas, novelistas ni científicos que hablen nuestro idioma. ¿Cómo podría un músico aprender el solfeo sin teoría musical en su propio idioma? ¿Qué inspiración podría haber tenido Cohelo para escribir si no  hubiera podido descubrir el uso de las metáforas en su lengua? ¿La teoría de la relatividad hubiera sido aplicada solo en países que compartieran la lengua de Einstein? 

Todas estas preguntas surgen solamente cuando nos cuestionamos el origen de las cosas que hoy tenemos. El aporte de los traductores, junto a otros aportes históricos, hace que el mundo hoy sea lo que es: un lugar lleno de conocimientos compartidos, de mensajes transmitidos y de ideales afianzados entre naciones con raíces distintas. El traductor puede ser solo un grano de arena en el desierto visto a grandes rasgos, pero sin ese grano de arena, el desierto sería probablemente un arenero de dimensiones no tan impresionantes.

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