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Escrito por Facundo Rocha, profesor de "Práctica Profesionalizante II", de la Tecnicatura Superior en Marketing

Uno de los desafíos más comunes a la hora de iniciarte en el mundo virtual es aumentar las visitas a tu página web

Si logramos que nuestra empresa sea reconocida podemos obtener visitar al sitio y conseguir potenciales clientes.

¿Cómo logramos esto?
El foco de la cuestión es captar a esas visitas que están interesadas en lo que compartimos, en el tipo de producto o servicio que brindamos y que puedan convertirse en clientes. Por esto, lo más importante será definir quién es nuestro potencial cliente y a quienes queremos atraer a nuestro sitio web.

Desde nuestra consultora recomendamos enfocarnos en dos objetivos principales: 
• Que nuestro sitio web esté preparado para “seducir” y atraer visitas.
• Crear campañas que generen conversiones.

Para cumplir estos objetivos exitosamente, podemos seguir estos tips:
1. Necesitamos una página web responsive, que se adapte correcta y automáticamente a dispositivos smartphones, ya que la mayor cantidad de tráfico proviene de estos aparatos.
2. Nuestro sitio debe cargar rápido y estar a la altura de un mundo virtual efímero.
3. Crear un atractivo visual a través de títulos, imágenes, videos, gifs atractivos, una marca personal cuidada, contenidos optimizados y actualizaciones constantes. Si logramos que nuestros usuarios se sientan cómodos y pasan mucho tiempo en la web, Google nos premiará enviándonos más tráfico. 
4. Apoyate en las redes sociales a través de la creación de contenidos publicitados en ellas y enlazá el link de tu web en todo lo que hagas.
5. Creá campañas de tráfico y conversión para que tu tienda online sea visible.

Si querés tener más información acerca de la transformación digital comunicate con nosotros.

https://www.estudiorochayasoc.com/nota/5+tips+para+generar+visitas+en+mi+sitio+web_606

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Escrito por Marianela Gallo, profesora de Práctica de Traducción 

Científico-Técnica, de la Tecnicatura Superior en Traducción de Inglés

Con las debidas disculpas de los colegas, a quienes este tema les pueda resultar demasiado familiar, pero con la modesta intención de compartir ciertas reflexiones con los futuros profesionales de la lengua y con un público general que tal vez se plantearía vagamente estas cuestiones a la hora de consumir contenido traducido, creo que nos encontramos en el medio oportuno para pensar en uno de los debates a los que los profesionales de la traducción nos enfrentamos desde los tiempos en que San Jerónimo nos dio acceso a la Vulgata hasta la subtitulación de Juego de Tronos hace unos... ¿veinte minutos? Nos referimos, ni más ni menos, que al eterno dilema de la traducción literal o la traducción libre, la traducción palabra por palabra o sentido por sentido, la equivalencia funcional o la equivalencia dinámica, la traducción semántica o la comunicativa... y así podríamos continuar con unas cuantas denominaciones más que no hacen más que evidenciar la relevancia de un debate que parece mutar y evolucionar, pero continúa lejos de desaparecer.

Supongo que estamos de acuerdo en que el bilingüismo está cada vez más extendido, en especial cuando del inglés como lingua franca se trata. La globalización o lo que Friedman denomina “Tierra plana” (2005, 2007) acentuó la necesidad de comunicación intercultural y esto nos impulsa cada vez más a romper con las barreras lingüísticas que, según dicen, heredamos de Babel. Sin embargo, y con profundo respeto y admiración por aquellos valientes y privilegiados de habilidades bastante innatas como Borges y Cortázar, existe una diferencia importante entre ser bilingüe y ser un profesional de la lengua.

El cliché de que traducimos culturas y no lenguas es una realidad difícil de negar que exige una intensa e interminable formación, pero hay mucho más detrás de esa frase tan sentida por quienes compartimos esta pasión. Detrás de cada texto, hay un autor que se imaginó un destinatario diferente del de nuestra traducción, y toda esa realidad conforma un universo que, como traductores, intentamos respetar en el máximo grado posible. Sin embargo, existe un destinatario de nuestro trabajo al que también le debemos lealtad. Se trata, en la mayoría de los casos, de nuestro compatriota, de la persona con quien compartimos un territorio, una bandera, una historia, una cultura y una idiosincrasia. Es ese otro que también pone la pava y prepara el mate antes de mirar el noticiero de las siete de la mañana y salir a trabajar.

Así, cada mañana, encendemos la computadora, abrimos la bandeja de entrada de nuestro correo electrónico (todavía en pantuflas, claro) y descargamos el desafío del día. Con un sencillo clic, se abre un pedacito de ese universo distante que pretendemos acercarle al vecino, a ese que también tiene el mate empezado en este momento. Es ese el instante en que te cruzás con lo que los teóricos denominan “problema de traducción” y tenés que tomar la decisión: ¿Conservo el color local del texto o se lo acerco a mi compatriota? La versión sofisticada del problema tiene un nombre más que interesante y, desde mi humilde punto de vista, acertado. Lawrence Venutti los llamó “extranjerización” y “domesticación”, respectivamente y los explicó citando a otra eminencia, Friedrich  Schleiermacher:

Schleiermacher permitió al traductor escoger entre un método de domesticación, una reducción etnocentrista del texto extranjero a los valores culturales del idioma de llegada, trayendo al autor de vuelta a casa; y un método de extranjerización, una presión no etnocentrista sobre esos valores para registrar la diferencia cultural y lingüística del texto extranjero, enviando al lector  de viaje.” (Venuti 2004, 20)

Pensemos en un caso más concreto. Si en un texto periodístico nos encontramos con el término “the Champions League”, ¿lo conservamos en inglés porque “total se entiende” o nos acercamos un poco más al argentino y nos inclinamos por “la Liga de campeones”? Esta es nuestra cotidianeidad. Una toma de decisiones permanente que se ve condicionada por factores muy variados, como el tipo de encargo de traducción, el destinatario de nuestro texto, la idiosincrasia (más o menos nacionalista) del pueblo que consumirá nuestro trabajo y el perfil del medio que lo publicará, entre otros. No me tomaré el atrevimiento de decir cuál es la opción correcta porque pienso que simplemente no existe un solo acierto, y ese es otro de nuestros debates internos constantes y una realidad con la que nos vamos amigando con los años: no existe una sola versión correcta ni una traducción imperfectible. Será nuestro sentido común y nuestra conciencia de los condicionamientos del caso los que nos ayuden a tomar la decisión final que, sin dudas, tendrá que mantenerse coherente a lo largo de todo el texto en cuestión. Lo único de lo que sí estoy segura es de que procuraremos, si el encargo así lo indica, que el lector de nuestra versión sienta la traducción que le ofrecemos con la misma fuerza con la que el lector del texto original percibió el texto desde el que hemos partido. ¿Suena sencillo? No lo es. Es la hermosa cotidianeidad desafiante y apasionante de la que nos enamoramos una y otra vez, día tras día, texto tras texto, merecedora de estas líneas como sencillo homenaje a nuestro Santo Patrono, San Jerónimo, a cada persona que nos acompañó y acompaña en nuestra continua formación, y a la razón de ser de nuestra profesión: usted, querido lector. Un sincero gracias para usted.

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