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Prof. Gastón M. Comba, profesor de "Didáctica General", "Didáctica de la Educación Física" y "Vida de la Naturaleza II" en nuestro Profesorado de Educación Física

La cuarentena nos sigue enseñando. ¿Quién supuso que nos intervendría en la clave de nuestra labor, el estar cara a cara con los estudiantes?. Ni el aula, como la conocemos hubiera imaginado que hoy, en este presente, necesitamos seguir aprendiendo lo que nunca tuvimos que haber perdido sobre el secreto de enseñar.

   Frente a frente con la pantalla, nos obliga a dar vueltas para transmitir, lo que con gestos, voz precisa y calor humano, veníamos entendiendo de la enseñanza. Muchos seguimos ponderando la necesidad de seguir como estábamos, donde nos encantaba relacionarnos directamente con nuestros “falta de luz” o “alumnos”, mejor “estudiantes”, para poder ¿completarlos?, poder escucharlos, conocerlos y explicarles los que deseamos que aprendan. Y ellos, también reclaman nuestra presencia, tan nutritiva cuando les llegamos, los inspiramos, acariciamos su alma con nuestro estar creyendo en ellos y en un mundo mejor que puedan algún día, insoslayablemente, vivenciar.

    Quiso hoy y no mañana, en este tiempo obligado, detenernos y apuntar ahí. Valoramos más que nunca esos momentos de encuentro con ellos, además de reclamarnos que enseñar es apuntalar, es estar “con”, de otras maneras no presenciales que educan más que nunca. Y aparece el rol de “tutor, a la suma distancia”, porque a muchos todavía no conocemos, no los vimos, no pudimos categorizar ni tampoco esperar. La seguridad de un presencial, ahora, nos lleva a repensar otro camino “mientras”. Y ahí está el cambio divino, que al enseñar perdimos. ¿Acompañamos cuando los tenemos frente a nuestros ojos en la conformidad de una explicación? ¿logramos realmente “estar” en sus mentes para comunicarnos en verdad?. El deseo de estar, se hace “asistente” como en la presencialidad, hoy en lo virtual. Dar clases no está requiriendo más que un saber guiar. Devolver una respuesta, corregir y conducir en las entregas pactadas, enojarse y reconciliarse en los entreveros de este proceso que, en ocasiones, nos lleva a repreguntarnos qué y cómo hacer. Este acompañar y guiar a la distancia es lo que tendría que haber sido, ni más ni menos, el no conformarnos con la clase magistral, y consultar en lo privado, ¿qué pudiste entender? ¿te puedo contar esto de otra manera? ¿te animás a seguir?...yo estoy.

    Aquí frente a mi pantalla, puedo ver derrumbarse formas, como también, enardecer los sueños. Pero el docente tiene que seguir enseñando como lo hizo siempre. “Tiene o posee” la posibilidad de gobernar el aula, en un proceso que busca que sepan por qué camino transitar y el paso que llevar; y del otro lado, un montón de miradas esperando, en su mayoría, ese ida y vuelta, aunque sea con unas palabras de aliento… “no olviden de preguntarme, anímense al privado, espero tu consulta”…. “hola, ¿cómo están hoy?. Yo trabajando pero no me olvido de hacer ejercicio y de seguir con mi huerta en macetas”. De otro lado… “hola profe, qué tal?, yo, podrida de estar encerrada”…. “Algo desanimado pero preparando unos mates”…. “yo también hice la huerta profe” (y algunas fotos vuelan por las redes). Ya el docente prosigue “Ahora tengo que enviarles otra clase, es un trabajo muy ameno, van a ver…..”. La distancia física se acorta con un “¿cómo andás?”, tanto tiempo que no me lo preguntan y no se lo preguntamos a nuestros estudiantes, que por ser nuestros sin poseerlos, sino en un estado que nos dice “estamos juntos porque ellos necesitan de mí e indefectiblemente, yo de ellos”, debemos saber cómo comunicarnos en estos tiempos. Una pregunta así, tiene magia encerrada que se libera como un “abracadabras” en la misma frente de quien la lee.

    Y en esto de comunicarnos, recuerdo que se me ha dicho alguna vez: NO ESCRIBAS CON MAYÚSCULAS, porque quien lo lee siente el grito en la oreja. Y las veces que sucede que enviamos mensajes olvidando “una coma” y salió disparado para otro lado lo que deseábamos decir. Un “Hola Juan”, el saludarlo por su nombre, un “te solicito que corrijas”, un “gracias por tu labor”, un “qué interesante esta frase que escibiste…”, un “tenés tiempo, no te preocupes, ocupate y apenas lo tengas”,  un “estoy para lo que necesites” un “Nos vemos. Saludos…..”,  pueden hacer la diferencia y acercarnos, en un tiempo distinto, nutritivo, del que necesitamos sacarle jugo y atender, luego en la presencialidad, a las múltiples herramientas que nos brinda la Enseñanza, partiendo de la base que no existiría si no estuviera el otro, “estudiante” ya no “alumno”, que desea aprender lo que me imagino enseñarle, buscando formarse con una ayuda presencial pero a la distancia.

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Ing. Prof.  Analía Mansilla, profesora de Educación Tecnológica y Práctica Docente I del Profesorado de Educación Tecnológica.

Desde sus orígenes la dinámica de la escuela estuvo condicionada a la dinámica del aula, las paredes y los recursos han definido la forma de organizar y desarrollar una clase. El aula física se constituyó en el espacio privilegiado donde los docentes enseñaban y los estudiantes aprendían la mayoría de las veces receptivamente, escuchando sentados, mirando alternadamente al docente y al pizarrón o la pantalla, estableciendo allí el punto de concentración de la atención. Cada uno desde su rol necesitó emplear diferentes estrategias porque la distribución del mobiliario condicionó la recepción y la atención de los estudiantes desvirtuando la concentración del conocimiento. Con el avance tecnológico, la práctica pedagógica incorporó el uso de medios digitales, omitiendo la luz propia de los mismos; de allí que el desafío del docente pasó a ser la problematización y la construcción que él propiciara en los estudiantes, como valor agregado de la clase.

Durante mucho tiempo a los docentes les costó considerar que ciertas actividades que correspondían al conocimiento escolar pudieran realizarse fuera del aula física. En ese tránsito apareció la pandemia, circunstancia que obligó a pensar de nuevo toda la escuela; el aula virtual comenzó a ser una de las estrategias que pueden albergar mejor a una escuela a distancia. Hoy se constituye en el espacio que permite al estudiante y al docente relacionarse con el contenido, pero también volver a encontrarse con el conocimiento y el contenido recursivamente, ya que dispone de herramientas para impulsar procesos de organización de tiempos y espacios, para la construcción colectiva e individual; con un sentido de humanidad que permite construir y sostener el vínculo con los estudiantes.

El saber didáctico del docente va más allá de la familiaridad que él tenga con las pantallas y los medios digitales. Es este saber el que le permite decidir qué hacer con ellos, cómo aprovecharlos y para qué, es decir, tender un puente para que lo físico no le condicione la clase. Esta labor del docente como constructor del conocimiento de sus estudiantes, no se ha perdido sino que se ve enriquecida cuando apoyado en la tecnología del aula virtual inicia o continúa las discusiones, propone lecturas y grupos de discusión sobre el contenido, comparte materiales multimedia o propone itinerarios de lecturas en diversos soportes. Como expresa Prieto Castillo (2012) “Aprendemos cuando analizamos un mensaje en el foro… cuando nos disponemos a criticar algo, a expresar una posición diferente… Aprendemos cuando comparamos dos posturas y buscamos consecuencias o discrepancias… Aprendemos cuando nos hacen dudar… Aprendemos cuando lo que pensamos deja de estar blindado por las certezas”. De esta manera posibilita en los estudiantes el desarrollo de habilidades como aprender, comprometerse, recordar, recuperar, integrar y transferir, apropiarse de los contenidos y organizarlos como conocimientos, atribuyéndole significatividad. Es decir que a través del aula virtual, el docente dispone de herramientas para dinamizar y potenciar las propuestas que hasta hace solo dos meses atrás se llevaban a cabo en el espacio del aula física, redefiniendo el tiempo de clase como un tiempo centrado en el estudiante, lo que implica la generación de las condiciones apropiadas para el aprendizaje, no sólo para el desarrollo de los contenidos sino también para anticipar sentidos.

Con la actividad del docente se produce un encuentro, una ocasión para que el estudiante se sienta convocado por algo que pasó o que pasa en el mundo. El desafío está en aprovechar el encuentro para capitalizar eso que les pasa y transformar en conocimiento la experiencia por la que están transitando. Posiblemente este sea el momento más complejo para desarrollar la tarea pedagógica, pero no quedan dudas que el trabajo de los docentes continuará impulsando debates respecto de los nuevos requerimientos de las tecnologías emergentes, de la continuidad de ciertas prácticas y de la discontinuidad de otras a partir de replanteos sociales respecto al rol en su labor de constructor.

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