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Lic. Mónica Casas. Docente de  “Organización y Gestión en Salud” del tercer año de la carrera Tecnicatura Superior en Enfermería

El trabajo es una parte importante en nuestras vidas y constituye una fuente de satisfacción para sentirnos realizados. En él se ponen de manifiesto recursos personales que nos empoderan para intervenir en nuestra realidad, cambiarla, crecer y construir, junto a nuestros compañeros, un lugar de pertenencia.

Cómo enfermera del Servicio Covid, del Hospital Iturraspe, quiero contar mi experiencia laboral y personal.

La epidemia de la enfermedad por coronavirus 2019 (COVID-19) comenzó a fines de diciembre de 2019 en un mercado de animales de la ciudad de Wuhan, capital de la provincia de Hubei en China central. Desde entonces, se ha extendido rápidamente por China y en otros países, lo que ha generado miles de contagios en 80 países.

En este contexto, en nuestra ciudad, las instituciones de salud privada y pública específicamente el Hospital Iturraspe, comenzaron a organizar sus recursos humanos, estructurales, tecnológicos y materiales  para afrontar esta pandemia.

A mediados de Marzo 2020 a un grupo de enfermeros/as se nos comunica que pasaríamos a integrar el Servicio donde atenderíamos a pacientes con Covid/19. Una mezcla de emociones nos atravesó a todos; salíamos de un servicio donde estábamos habituados y  cómodos a uno nuevo, con otros compañeros y la incertidumbre propia que trajo esta enfermedad.

Habiendo transcurrido un tiempo considerable, puedo expresar las emociones y pensamientos que me atraviesan cotidianamente, y que también  hemos compartido con algunos compañeros.

Al principio, estuvo presente el miedo. Quizás por el marco de espectacularidad que le atribuyen los medios de comunicación a la enfermedad. Personalmente me creí una amenaza para mi familia, tuve temor por ellos.

Pero cuando analicé que tengo el conocimiento teórico y práctico para cuidarme/los, el miedo se transformó en precaución.

Más adelante y a medida que fui conociendo a mis nuevos compañeros, me dije: qué bueno, somos tan diferentes! Está el precavido, el divertido, el que está muy atento a los procesos, el empático (muy importante), el cariñoso, el que ve el vaso medio lleno y el que lo ve medio vacío. La diversidad  enriquece a un grupo humano.

Y así transcurren los días: algunos muy tranquilos, otros no tanto y no me refiero al trabajo físico sino al emocional. Muchas veces, con los pacientes aislados, ideamos formas de comunicación más humanas por así decirlo; realizamos video llamadas para que nos vean las caras descubiertas. Muchos de ellos se ponen muy tristes por la incertidumbre que les produce esperar el resultado de laboratorio y los que son positivos más aún, porque abordan con ansias que se negativicen. Extrañan a sus familiares, el contacto físico, el afecto…

Quiero mencionar valores muy importantes y necesarios para trabajar en un servicio como éste: la confianza, la responsabilidad, el compañerismo… Yo me cuido y tomo las precauciones para cuidar a los demás y confío en que los demás harán lo mismo por mí. Así funciona la cuestión.

Desde el momento que nos cambiamos con todos los elementos de protección personal para entrar a las habitaciones, mientras permanecemos adentro y cuando nos preparamos para salir, sabemos que ahí afuera está nuestro compañero. Mi compañero/a esta atento/a, me cuida, me observa, me protege. Generalmente, sólo un enfermero/a entra a la habitación de un paciente con Covid sospechoso o confirmado, otro enfermero/a está atento a las necesidades de quien está adentro y cuida de que se retire muy bien los elementos de protección personal para no contaminarse/nos en el momento en que se prepara para salir de la habitación.

Quiero llevar tranquilidad, sabemos cómo cuidarnos.

Creo que nunca antes habíamos tomado conciencia de la importancia de la solidaridad y la responsabilidad social como en estos tiempos.  Doscientos años antes del coronavirus, el escritor alemán Johann Wolfgang von Goethe tuvo algunos consejos metafóricos para esta pandemia, cuando escribió: “Que cada uno barra delante de su propia puerta, y todo el mundo estará limpio”

Gracias a FASTA por este espacio para contar mi experiencia y a ustedes por dedicar tiempo para leerla.

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Prof. Gastón M. Comba, profesor de "Didáctica General", "Didáctica de la Educación Física" y "Vida de la Naturaleza II" en nuestro Profesorado de Educación Física

La cuarentena nos sigue enseñando. ¿Quién supuso que nos intervendría en la clave de nuestra labor, el estar cara a cara con los estudiantes?. Ni el aula, como la conocemos hubiera imaginado que hoy, en este presente, necesitamos seguir aprendiendo lo que nunca tuvimos que haber perdido sobre el secreto de enseñar.

   Frente a frente con la pantalla, nos obliga a dar vueltas para transmitir, lo que con gestos, voz precisa y calor humano, veníamos entendiendo de la enseñanza. Muchos seguimos ponderando la necesidad de seguir como estábamos, donde nos encantaba relacionarnos directamente con nuestros “falta de luz” o “alumnos”, mejor “estudiantes”, para poder ¿completarlos?, poder escucharlos, conocerlos y explicarles los que deseamos que aprendan. Y ellos, también reclaman nuestra presencia, tan nutritiva cuando les llegamos, los inspiramos, acariciamos su alma con nuestro estar creyendo en ellos y en un mundo mejor que puedan algún día, insoslayablemente, vivenciar.

    Quiso hoy y no mañana, en este tiempo obligado, detenernos y apuntar ahí. Valoramos más que nunca esos momentos de encuentro con ellos, además de reclamarnos que enseñar es apuntalar, es estar “con”, de otras maneras no presenciales que educan más que nunca. Y aparece el rol de “tutor, a la suma distancia”, porque a muchos todavía no conocemos, no los vimos, no pudimos categorizar ni tampoco esperar. La seguridad de un presencial, ahora, nos lleva a repensar otro camino “mientras”. Y ahí está el cambio divino, que al enseñar perdimos. ¿Acompañamos cuando los tenemos frente a nuestros ojos en la conformidad de una explicación? ¿logramos realmente “estar” en sus mentes para comunicarnos en verdad?. El deseo de estar, se hace “asistente” como en la presencialidad, hoy en lo virtual. Dar clases no está requiriendo más que un saber guiar. Devolver una respuesta, corregir y conducir en las entregas pactadas, enojarse y reconciliarse en los entreveros de este proceso que, en ocasiones, nos lleva a repreguntarnos qué y cómo hacer. Este acompañar y guiar a la distancia es lo que tendría que haber sido, ni más ni menos, el no conformarnos con la clase magistral, y consultar en lo privado, ¿qué pudiste entender? ¿te puedo contar esto de otra manera? ¿te animás a seguir?...yo estoy.

    Aquí frente a mi pantalla, puedo ver derrumbarse formas, como también, enardecer los sueños. Pero el docente tiene que seguir enseñando como lo hizo siempre. “Tiene o posee” la posibilidad de gobernar el aula, en un proceso que busca que sepan por qué camino transitar y el paso que llevar; y del otro lado, un montón de miradas esperando, en su mayoría, ese ida y vuelta, aunque sea con unas palabras de aliento… “no olviden de preguntarme, anímense al privado, espero tu consulta”…. “hola, ¿cómo están hoy?. Yo trabajando pero no me olvido de hacer ejercicio y de seguir con mi huerta en macetas”. De otro lado… “hola profe, qué tal?, yo, podrida de estar encerrada”…. “Algo desanimado pero preparando unos mates”…. “yo también hice la huerta profe” (y algunas fotos vuelan por las redes). Ya el docente prosigue “Ahora tengo que enviarles otra clase, es un trabajo muy ameno, van a ver…..”. La distancia física se acorta con un “¿cómo andás?”, tanto tiempo que no me lo preguntan y no se lo preguntamos a nuestros estudiantes, que por ser nuestros sin poseerlos, sino en un estado que nos dice “estamos juntos porque ellos necesitan de mí e indefectiblemente, yo de ellos”, debemos saber cómo comunicarnos en estos tiempos. Una pregunta así, tiene magia encerrada que se libera como un “abracadabras” en la misma frente de quien la lee.

    Y en esto de comunicarnos, recuerdo que se me ha dicho alguna vez: NO ESCRIBAS CON MAYÚSCULAS, porque quien lo lee siente el grito en la oreja. Y las veces que sucede que enviamos mensajes olvidando “una coma” y salió disparado para otro lado lo que deseábamos decir. Un “Hola Juan”, el saludarlo por su nombre, un “te solicito que corrijas”, un “gracias por tu labor”, un “qué interesante esta frase que escibiste…”, un “tenés tiempo, no te preocupes, ocupate y apenas lo tengas”,  un “estoy para lo que necesites” un “Nos vemos. Saludos…..”,  pueden hacer la diferencia y acercarnos, en un tiempo distinto, nutritivo, del que necesitamos sacarle jugo y atender, luego en la presencialidad, a las múltiples herramientas que nos brinda la Enseñanza, partiendo de la base que no existiría si no estuviera el otro, “estudiante” ya no “alumno”, que desea aprender lo que me imagino enseñarle, buscando formarse con una ayuda presencial pero a la distancia.

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